Asesino al tiempo, me quiebro,
le mato sus segundos inútiles.
Me adueño de sus horas.
Sin pausa, cambio sus nombres;
los minutos, con prisa,
se aprenden un nuevo paso.
Se percibe un insaciable vacío,
y se va aniquilando la existencia.
Una sola hoja (demasiada audacia)
se atreve a marcar el ritmo,
en el ausente compás.
Pero el tiempo no se pierde;
todos los ojos, se hicieron tiempo.
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